miércoles, 25 de febrero de 2015

La ira del silencio






La ira del silencio
Poemas




Solo

Palabra última
que se arroja al vacío
para reptar entre las sombras
de una tierra amarga.

Sonidos que se pierden
en la vastedad
de un sostenido invierno,
que deambulan entre la niebla
de nuestras pesadillas,
que buscan un refugio
que los protejan
de la nada.

Cada silencio hiere
como una rama seca,
como el cielo ennegrecido
de la espera,
como el frío voraz
de lo estéril.

Ausencias que llegan
siguiendo la huellas
de una angustia que no cesa.
Procesión exacta,
caravana gélida
de espectros inmutables.


Amanecer

Mínima luz,
ilusoria grieta,
pálido aliento de la mañana.
Las ventanas devoran las miradas somnolientas
hasta perderse en los intestinos
del olvido.

No existen las sospechas
cuando el amanecer empuja.
Todo es claro
como la infinita luz de la esperanza,
como el agua de la montaña
que se desliza por la ladera del deseo.

Después
las esquirlas,
el viento,
el asma,
los fragmentos
nos laceran,
y solo persiste
la mácula,
el réquiem
y la escarcha.

Abrir los ojos y ver
aquello que pronto naufragará en el
desamparo,
en el absurdo caos de la ceguera,
en el inmóvil estupor de los calambres.

¿Qué sueño soñaré mañana
si el hoy me envuelve
en su feroz sequía?
¿A dónde iré cuando la iniquidad se derrame
de boca en boca,
cuando el displicente instante
me escupa su catarro cáustico,
cuando la pena sea
la última opresión que nos corrompa?

Abrir los ojos
y perderse.
Quizás ése sea el destino.
O tal vez
el ayuno,
la dieta,
el sexo seco,
la última llama,
la esperma inútil,
la nausea fúnebre,
el llanto sacro.

El mañana.


Llueve

Tus huellas se dibujan
en la llovizna
desandando la quietud
de tu distancia.

Un rosal llora
lágrimas de rocíos sin estrellas.

Una gota se desliza
a través de tu aliento impregnado en el vidrio.

Puedo verte,
a pesar de las paredes,
de los laberintos,
buscando entre silencios
el sitio
en donde romper el engaño
de la muerte.

Nada duele más
como las sombras
que no parten.

Nada cansa tanto
como el hastío
de la ausencia.


Ausente

Nos quedó tan solo un jardín de medallas opacas,
y los mitos que nos quisieron enseñar
aferrándose en nuestro tiempo y espacio.

Borraron los triunfos
y avanzaron las plagas indemnes
con estandartes e insignias.

Derrumbaron la fiesta del corazón anhelante.
La sequía absorbió la vertiente
y sólo quedó el vestigio de un halo sediento.
Un desfile de maquillajes impunes
que marcha sobre cabezas sepultadas, pasa por cada puerta.

La noche que no dejó de ser
se convierte en una lenta orilla
donde descienden las sombras que ayer se escaparon.

Y hay alguien que, en su incansable deseo
de querer salir de este destino, no encuentra.

Será que no hay nadie todavía
que grite bastante alto.
Será que no hay nadie que intente una voz
en las calles del silencio.

Nos dejaron tan solo
el rojo que escupieron las venas oprimidas
y la noche del desencuentro planeado.

Nos dejaron algo que ya no podemos ver
y el nudo en la garganta.

Nos dejaron a la espera de lo que nunca llegó,
de las lágrimas que se quedaron en el suelo y se secaron,
como se secaron las voces que pedían,
como se secaron los pasos que buscaron las respuestas,
como se secaron las manos que acariciaron lo ausente.


Soledad de los parques

Los parques han dejado
el inmenso hastío de las muchedumbres
y mansos se apoltronan en un lento anochecer
de hojas secas.

Nunca sabremos a donde van las luciérnagas
de los pensamientos furtivos,
ni descubriremos el escondite de los perfumes serenos
que deambulan entre las sirenas incautas
de nuestros mares.

Los soles
no saben de penumbras ni de estíos agrietados.
Ignoran el lúgubre pesar de las almas ignotas,
de los cantos que deambulan
entre los oídos lánguidos.
Un solo estertor
se escapó de los paladares agrios
y llegó hasta el último refugio de la esperanza.

Los bancos de a poco
se sumergen en el apogeo de la nada,
la grava se empapa con el rocío estrepitoso
de una noche inescrutable,
y ya nada nos queda entre las pálidas manos
más que el último silencio
de una rama quieta.


La nada

Se deslizó con certeza
como una fiebre
como un engaño
como una astucia.

Reptó entre las cenizas de
una mañana
herida,
entre la lava sigilosa de
un instante
harto,
entre los cardos impunes de
un verano
ciego.

Después
se expandió con el viento
y contaminó con sus átomos
los pulmones impávidos,
la garganta desnuda,
el paladar baldío.

Llegó como llegan las dudas,
el rezo incierto,
los pálidos abrazos,
el ruido infecto,
la palabra muerta,
las manos laxas,
el grito manso.

Respiró nuestro aire,
nuestras llagas,
nuestros cardos.

Infectó nuestros días
y supuró su mirada vacua,
su deseo ayuno,
su semen muerto,
y sus astillas
y sus escombros
y sus esquirlas.

De a ratos
se asoma entre las sombras
y levita sobre las sábanas,
sobre el lento respirar
del sueño estéril,
y se acomoda entre el silencio,
en la suave oquedad
        de lo inerte,
en la tibia caridad
        de manos huérfanas.


El dolor

El dolor no olvida.
Observa la desnudez de la carne
urgente, y se demora
en su temblor,
en sus espinas ácidas,
en los conjuros de sus líquidos.
Los huesos se derrumban
ante su fiebre lenta
y su hambre nos
sorprende con sus inquietos
jugos circulando en el
abdomen del recuerdo.
El dolor quiere decirnos
todo lo que callamos,
lo que nuestras memorias cercenan,
lo que nuestras bocas ocultan.
El dolor se revela
y arremete en silencio
cuando las estrellas
se caen de toda noche.
El dolor vocifera, insulta, escupe, trastorna, empuja, golpea, viola, lacera, asfixia, dispara, amputa, amordaza.


Urbano

Prostitutas de grotesco rímel
se ríen en una esquina
junto a un cadáver de hormigón
que transpira
lo que quedó de la lluvia.

Remolinos de papeles
persiguiendo a un camión
de basura.

Marquesinas que tiritan
promesas
mientras los enloquecidos insectos
se entrelazan en su colorida
sintaxis.

Un bar que eyacula
soledades de madrugada,
almas de cerveza
que exhalan
un aliento procaz.

Ciudad de turbias heridas,
de cicatrices,
de sueños que reptan,
de cáusticas esperas
agrietadas por la fiebre y el espanto.

Las sórdidas sirenas
pululan en las almas de los abyectos corazones
y derraman sus ácidos
que carcomen deseos, estampas
de débiles figuras
que se marchitan
en el último aliento
del insomnio.

Es noche de escarchas,
de nieblas que disimulan
los rostros hambrientos de la espera,
de la soledad y del asco.

Las avenidas van tramando
el sinsentido de los pasos,
el tóxico grito,
el final ahogo,
el respiro vago,
la última espera,
el sordo sonido
que aúlla en las esquinas
del barro.

Ciudad de olvidos,
de ausencias,
de cristales que naufragan,
de humedades que pudren
la soledad de los pasos,
de alcoholes que destilan
borracheras y ocasos,
de crisis y de nervios,
de silencios
y llantos.

Es tarde.

Nada queda por desandar.
Solo existe la huella incierta,
el estéril manto,
el filoso frío,
el beso seco
y la piel
sedienta,
el frágil sueño
y el despertar
amargo.


Despacio

Te necesito
despacio.
Como un horizonte incalculable.

Fértil.
Como el vientre que se agita.

Así:
criminal de desamparos y hastíos.

Imprescindible fiesta
la que celebran tus ojos
y tus manos.

Tu pollera.
Tu recorrido.

Y esta lentitud
que va gastando mi pesar.
Pero de a poco.

De a poco.


Plan

Seré testigo del homicidio
que perpetran tus ojos
cuando miran la subyacente tarde.

Palparé tu melodía
y el susurro de tu goce
en fragmentos de amalgamas.

Llamaré a tu tacto esta noche,
cómplice de mis fibras
y guardián de mis gemidos.

Invocaré tus ojos,
tus pasos, tu nácar...
y el despliegue de tu entrega.

Romperemos el silencio
de nuestros cuerpos
para que hablen su idioma.

Nos contaremos el rocío,
narraremos estrellas,
reduciremos distancias.

Nos sorprenderá un otoño
desnudando la noche:
nuestras intensiones
planearán un encuentro.

Frente a frente callaremos:
tu presencia lo dirá todo
y la mía escuchará.


Instrucciones

escapar
y agruparse en rebaños
aquietarse
contenerse
observar

minimizarse hasta ser un
insecto
agacharse en
los rincones
y transpirar agitado

ser un hongo
       un escarabajo
       una garrapata
       un bicho bolita

metamorfosearse hasta ser una
sombra sin dueño

introducirse por los desagües
y avanzar
hasta llegar a las cloacas

salir por las alcantarillas
y correr

evitar las avenidas
ocultarse
proscribirse
fragmentarse

no ser
no estar

estallar en mil pedazos
y caer como una lluvia

convertirse en un charquito

finalmente
evaporarse


Entre espacios y hojas

1

En los cristales
se reflejan azucenas despedazadas,
y el rocío resquebraja
las ventanas quejosas y lloronas.

En los murales
se dibujan primaveras dormidas
con cielos somnolientos y nubes cabizbajas.

La ciudad llora y nosotros con ella...

Un tendal de desencuentros
impone su paisaje.

Y este sol,
que ha sido el mismo durante siglos,
alumbrando soledades y búsquedas.

2

Las plazas desoladas
se sumergen.
Entonces,
me doy cuenta
que las esperanzas
no nacen porque sí.

Se conquistan batallando duramente.

Es que a veces,
nos encontramos con la cobardía
de luchar...

                ... la nuestra.

3

Vivo pensando
en cada segundo que ha pasado,
en cada migaja,
en cada puerto.

Y concluyo
en lugares inesperados.

Ya no tengo más instantes
que malgastar.

Tengo torrentes
entre espacios y hojas.
Esto que va saliendo,
esto que apenas hago,
esto que emerge de mi
para llenar rincones

Esto.
Anacrónico y distante.

4

Sé que estaré en todo lugar profanando mi quietud y pesadumbre; sé que iré por ahí a ofrecerme, a entregar mi cosecha, mi colección; sé que partiré a cada minuto hacia tus ojos, hacia tus ojos, tus ojos...

Y que no volveré.


martes, 29 de abril de 2014

By Paul Auster

Ahora sí: habla Paul Auster. Dice que escribir es una “extraña manera de pasarse la vida, encerrado en una habitación día tras día, año tras año, empeñado en darle vida a algo que no existe más que en su imaginación”. Se pregunta “qué sentido tiene el arte en lo que llamamos ‘mundo real’. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento”, “nunca evitó que una bomba caiga sobre civiles inocentes”, detalla y sigue: “Hay quien cree que puede hacernos mejores. Quizá sea cierto en algunos casos aislados”, reflexiona, “no olvidemos que Hitler comenzó siendo artista, que los asesinos leen literatura en la cárcel. En otras palabras, el arte es inútil. Pero qué tiene de malo la inutilidad”, se preguntó y se contestó: “Yo sostengo que el valor del arte consiste en su inutilidad. Es lo que nos define como seres humanos, hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo”. Volvió a la infancia, dijo que quienes pueden recordarla recuerdan “el ansia con que esperábamos que nos contaran una historia. Los cuentos de hadas suelen ser crueles y grotescos, cualquiera pensaría que eso espantaría a un crío pero lo que el chico experimenta es justamente una liberación de esos miedos. Nos hacemos mayores y no cambiamos, seguimos esperando que nos cuenten otra historia, y otra y otra más”. Cerró con una nota esperanzada: “Me siento optimista respecto del futuro de la novela. Hablar de cantidad de lectores no es importante, porque hay solo un lector. Un lector cada vez. La novela constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse con total intimidad. Me he pasado la vida hablando con extraños. Y espero hacerlo hasta mi último aliento”.

Fuente:
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Auster-Coetzee-dieron-clase-literatura_0_1129087338.html

martes, 2 de julio de 2013

Muestra fotográfica de Bob Gruen sobre John Lennon


Bob Gruen, amigo y fotógrafo personal de John Lennon, presentó en el Centro Cultural Recoleta “John Lennon: sus años en Nueva York (1971-1980)”, una muestra de 120 fotografías de ex Beatle. Fueron años de crecimiento y de cambios, de activismo político, de fracasos y de críticas, de alcoholismo, separaciones y reconciliaciones con Yoko Ono. Bob Gruen estuvo presente durante toda la vida de Lennon en la Gran Manzana. Presenció y fotografió numerosas sesiones de grabación, conciertos, conferencias de prensa y eventos benéficos. También estuvo en los momentos más personales: caminatas reflexivas con Yoko, las primeras fotos de Sean, el hijo de ambos, cenas y fiestas de cumpleaños.
Estuve allí durante la muestra. Estas son algunas fotos de esas fotografías que tomó el privilegiado de Bob.

(La muestra tuvo lugar es Buenos Aires, entre el 19 y 23 de junio de 2013)







martes, 2 de abril de 2013

Los pichiciegos, de Fogwill



ALGUNOS APUNTES DE LA NOVELA
           
Primera versión literaria de la guerra de Malvinas; fue escrita mientras el conflicto aun se estaba desarrollando y su originalidad consiste en reformular el género con que la literatura ha narrado dicha guerra: no la cuenta como épica, sino como farsa. Los elevados valores de las exaltaciones patrias quedan relegados por la lógica de una supervivencia subterránea. Las glorias de las hazañas guerreras, la honra de morir por la patria son dejadas de lado y su lugar es ocupado por un sistema de astucias, ocultamientos y disfraces que es utilizado por los personajes con el único fin de sobrevivir. Por lo tanto el relato carece de héroes los cuales son reemplazados por meros pícaros y farsantes.
            La novela limita la temporalidad del relato acoplándolo al de la guerra, haciéndolos coincidir casi exactamente[1]. Con este gesto, el texto se preservó de interpretaciones que fueron fijadas con posterioridad al conflicto: la falta de preparación de los jóvenes soldados argentinos, la carencia del armamento adecuado, el abandono y la desprotección a los que serían arrojados los veteranos, la denuncia cívica al poder militar por su maniobra extrema para salvar a una dictadura que ya había entrado en su fase de descomposición.

martes, 19 de marzo de 2013

ELEGIR MI PAISAJE


Si pudiera elegir mi paisaje
de cosas memorables, mi paisaje
de otoño desolado,
elegiría, robaría esta calle
que es anterior a mí y a todos.

Ella devuelve mi mirada inservible,
la de hace apenas quince o veinte años
cuando la casa verde envenenaba el cielo.
Por eso es cruel dejarla recién atardecida
con tanto balcones como a nidos a solas
y tantos pasos como nunca esperados.

Aquí estarán siempre, aquí, los enemigos,
los espías aleves de la soledad,
las piernas de mujer que arrastran a mi ojos
lejos de la ecuación de dos incógnitas.

Aquí hay pájaros, lluvia, alguna muerte,
hojas secas, bocinas y nombres desolados,
nubes que van creciendo en mi ventana
mientras la humedad trae lamentos y moscas.

Sin embargo existe también el pasado
Con sus súbitas rosas y modestos escándalos
con sus duros sonidos de una ansiedad cualquiera
y su insignificante comezón de recuerdos.

Ah si pudiera elegir mi paisaje
elegiría, robaría esta calle,
esta calle recién atardecida
en la que encarnizadamente revivo
y de la que sé con estricta nostalgia
el número y el nombre de sus setenta árboles.

Mario Benedetti, Sólo mientras tanto